¿Qué es la música? Es un sonido, ¿y qué es un sonido, qué lo diferencia de un ruido? Nunca tenemos claros esos conceptos, ¡un ruido es un ruido! y poco más.
Te has convertido en mi guitarra, quizás sin darte cuenta, quizás sólo. Y yo soy, ese guitarrista amateur, que aún no tiene formados los cayos en sus desnudos dedos. Que se hace daño cada vez que la firme cuerda roza su yema, y que se derrite al oírla vibrar. Porque nadie olvida la cara que pone la primera vez que roza un acorde, esa primera vez en la que arañas las cuerdas con terror, porque no tienes ni idea de qué sonido saldrá de ahí. Y te espanta hacer ruido, porque no te gusta el ruido, a la gente no le gusta el ruido.
Puede que yo ya no sea ese guitarrista amateur del que hablaba antes, puede que, ya ni se me considere guitarrista, pero lo que sí es cierto, es que has vuelto a mí como una guitarra, y que, sin poder remediarlo la idea de no propagar tu sonido me resulta febril. Y aunque ya mis dedos no tengan los viejos cayos del recuerdo, sí es cierto que ahora aflorarán con mayor facilidad, ya que se sostienen en el recuerdo de lo que han sido, y, si Dios quiere, de lo que serán.
De igual manera, cada nota, cada acorde, me revuelve las entrañas, me hormiguea el estómago y me sube un rubor interino. Es tal, el estado de éxtasis que me produce que ya no sucumbo al dolor, ya no siento ni padezco el irritante roce del duro hierro en mis pequeños dedos. Ya no noto la quemazón al final de su prolongación, ni el ligero pinchazo constante de la sangre bombeando los capilares. Porque mis sentidos se vuelcan en la melodía, se concentran, se escuchan y se relajan. "Algo tan hermoso no puede doler tanto" me digo.
Y es así, como el roce de las cuerdas, es el roce de tu piel con la mía. Un contacto cálido que me estremece, que me produce dolor cuando estoy desacostumbrada, pero que cuando transcurre el tiempo, el hormigueo y las entrañas no descansan, me vuelve eufórica y a su vez insensible. Hasta que dejas de rozarme, acariciarme, y entonces vuelve a mí la quemazón, el pinchazo interino y el palpipar incesante de la sangre. Entonces... vuelvo a tener los pies sobre la tierra.