"El amor es tocar el hielo y sentir que está caliente"

miércoles, 30 de septiembre de 2009



27 Agosto
Querido diario:
He decidido que a partir de ahora las cosas cambiarán. No sé exactamente cómo llegó a ocurrir, sólo sé que mi vida dio un giro 180 grados al conocerle.
Susan y Ted no parecen comprender la situación, desde el primer momento en el que leí una de sus páginas un ardor subliminal, un velo invisible me atrapó de lleno. No quiero dejarlos de lado ni mucho menos pero es automático, incontrolable.
Necesito verle, conocerle en persona.


Ángela Smith no era una chica normal de instituto, de hecho destacaba bastante entre sus compañeras de clase, ella no era alta como las otras chicas, ni siquiera tenía la piel morena como el resto de las chicas del sur de Inglaterra, o como las muchachas de intercambio que asistían a su internado, pero sus ojos eran profundos y grises, de un gris perla muy peculiar y su cabello tenía un tono dorado cobrizo típico de las muchachas irlandesas. No obstante destacaba por su peculiar actitud y sus extravagantes atuendos. Aunque en el internado había un uniforme obligatorio en las horas libre no era necesario vestirlo, y, entonces era donde la fama de Ángela más aumentaba.
Solía calzar medias de colores chillones y cada pierna una de distinto diseño a la otra, también solía vestir minifaldas muy cortas o pantalones muy rotos y camisetas enormes o de siluetas extrañas y colores dañinos para la vista; por no hablar de sus botines con tela de cuadros de ajedrez que solo se quitaba para dormir o asistir a clase.
Pero si había algo que destacar por encima de todo de Ángela era su temperamento y su actitud con los demás. De carácter alegre normalmente, nerviosa y efusiva pero con un gran genio si la contradecían o se burlaban de ella. Solía aborrecer las conversaciones con otras chicas a no ser que se tratara de su amiga Susan que aunque estaba dos cursos por encima de ella se entendían perfectamente. Ángela solía decir que su amiga Susan era de las pocas chicas del internado, por no decir la única junto a ella misma que comprendía la estupidez del resto de chicas al probar un nuevo cosmético o conocer a un chico nuevo. A ella le gustaba más jugar al baloncesto con los chicos de su curso o ir a cazar ranas al estanque junto a los mayores, así es como conoció a Ted, en la sala de castigos por haber cogido una rana e introducirla en el almuerzo de Elisabeth Bottom a la cual le había declarado la guerra en el jardín de infancia. El motivo de esto fue que Elisabeth le robara el asiento junto a la ventana, que era el sitio favorito de Ángela para ver a los otros niños jugar a la pelota.
Esa semana habían colocado una sección nueva en el periódico del internado, una sección dedicada a literatura. Se encontraba justo antes de las páginas deportivas por lo que Ángela en su intento de ver cómo habían quedado los Tiger en el torneo escolar tropezó con dicha sección y leyó un fragmento que al parecer había escrito un alumno del centro bajo el seudónimo de J.R. Aquella fue la primera vez que Ángela leyó algo que no estaba en un libro de texto. La historia la sobrecogió y la cautivó de tal manera que tuvo que sentarse para poder continuar leyendo. Cada una de las frases de aquel relato se clavaba en Ángela como si fuesen cuchillos. Extrañamente se sentía identificada con el personaje, con las situaciones y con su vida y justo cuando llegaba a la mejor parte la historia se cortó y Ángela despertó de aquel estado de trance en el que había leído dicha historia.
El autor sólo se identificaba con unas breves líneas:
“Sólo escribo esta historia con el deseo de que la persona a la que busco me encuentre, para que, el dueño de esta historia sea quien la cuente y no yo.”
Aquellas palabras dejaron a Ángela mucho más atónita de lo que ya lo estaba.